La teoría del diseño inteligente (DI) a menudo no es bien recibida en los círculos científicos. Sin embargo, en este volumen, los trece autores se ocupan de las afirmaciones científicas del DI desde variadas perspectivas.
Los editores, Taner Edis y Matt Young, así como los otros autores, ordenan los argumentos desde la biología molecular, la paleontología, la teoría de la información, la cosmología, la arqueología y la ciencia forense en un ataque frontal a la teoría del diseño.
La conclusión unánime es que el DI falla desde sus mismos fundamentos. No obstante, la mayoría de las críticas no parecen mortales de necesidad para el DI. Nial Shanks e Istvan Karsai argumentan que la complejidad puede surgir a partir de mecanismos puramente locales. Pero sus ejemplos de las células de Benard y los avisperos necesitan la concurrencia de ciertas habilidades.
Los avisperos necesitan de las avispas y las células de Benard requieren unas condiciones adecuadas. ¿Resuelve esto la cuestión de cómo surge la complejidad? De modo similar, Gary Hurd argumenta que aplicar la teoría del DI no funciona en la ciencia forense y en la arqueología del modo en que se esperaba. La conclusión de Hurd de que «el mundo real es un lugar difícil para la clasificación» (p. 119) parece correcta pero, una vez más, no es mortal de necesidad para el DI. Sin embargo, otros autores apuntan directamente al núcleo del DI.
Alan Gishlick plantea un buen argumento: el ala de las aves desafía el DI. Argumenta que el registro fósil proporciona buenas pruebas de diseños intermedios. Los teóricos de DI pueden argumentar que el ala de las aves no es irreduciblemente compleja, o que en los fósiles se ha perdido una gran cantidad de detalles. No obstante, deberán justificar esas afirmaciones para rechazar la valiosa contribución de Gishlick.
El ataque de Ian Musgrave al buque insignia del ID, el flagelo de las bacterias, es aún más directo. Musgrave está de acuerdo en que el flagelo es de una complejidad irreducible y, por lo tanto, no evolucionó gradualmente, pero argumenta que pudo haber evolucionado indirectamente.
Esto significa que sus componentes ya existían en otros mecanismos bacterianos y que se unieron para formar el flagelo.
¿Explica esto el origen del flagelo? En primer lugar, la evolución de unos componentes de refuerzo en sí misma es un misterio. Pero, además, esos componentes de refuerzo, tras haber evolucionado para cumplir distintos propósitos, deben acoplarse con la suficiente exactitud para desempeñar una nueva función. Parece que Musgrave simplemente ha desplazado la complejidad del problema con una huida hacia adelante.
¿Explica esto el origen del flagelo? En primer lugar, la evolución de unos componentes de refuerzo en sí misma es un misterio. Pero, además, esos componentes de refuerzo, tras haber evolucionado para cumplir distintos propósitos, deben acoplarse con la suficiente exactitud para desempeñar una nueva función. Parece que Musgrave simplemente ha desplazado la complejidad del problema con una huida hacia adelante.
Las contribuciones de Musgrave, Gishlick y Hurd son dignas de ser mencionadas. Muchos de los otros autores parecen haber forzado las pruebas más allá de sus límites posibles. Jeffrey Shallit y Wesley Elsberry, por ejemplo, sostienen que el DI se equivoca al afirmar que la probabilidad de que se den estructuras biológicas complejas, como por ejemplo las cadenas largas de ADN, de forma espontánea es inexistente.
Por ejemplo, los cálculos de probabilidad del DI requieren una estimación del conjunto de estructuras posibles. ¿Pero cómo podemos saber de qué conjunto se trata? O también, ¿cómo podemos valorar la probabilidad de sucesos que se dan tan solo una vez?
En este punto, Shallit y Elsberry argumentan contra una obviedad. Es verdad que se trata de probabilidades de difícil cálculo, pero disponemos de una base de conocimiento científico a partir de la cual podemos trabajar. Cierto, no conocemos de modo preciso los límites del ámbito del diseño biológico o las probabilidades de que se den acontecimientos únicos. Pero eso dice poco de lo que nos dice la ciencia.
En cierto modo, se parece a un defensor de una tierra plana que exigiera más detalles después de que Magallanes circun navegara el planeta.
Los problemas también surgen cuando Gert Korthof apela a datos ambiguos como pruebas irrefutables de la evolución. Cita la correspondencia cromosómica entre los ratones y los seres humanos como «una impresionante prueba de su común descendencia» (p. 42).
Pero la descendencia común no necesita una correspondencia cromosómica. Del mismo modo, Korthof cree que las variaciones de menor entidad en el código del ADN «siguen el modelo de la descendencia con una modificación» (p. 46). De hecho, el modelo es ambiguo.
A pesar de que este volumen afirma que el DI es una falacia, hay algunos puntos a favor del DI que son difíciles de negar. Taner Edis escribe: «parece increíble que el mero azar y la necesidad pudieran dar pie a la aparición de la inteligencia; el sentido común sugiere que la inteligencia debe ser un principio separado del mundo» (p. 141). Y Matt Young admite que la evolución de la complejidad en la tierra «es, sin duda, improbable» (p. 27). Victor Stenger escribe: «No discuto que la vida tal y como la conocemos no existiera si una sola de las varias constantes de la física fuera ligeramente distinta» (p. 180, énfasis en el original).
Su solución al problema de la nula probabilidad es que podría ser que existan muchos mundos en los cuales llevar a cabo el experimento de la evolución. Tal como indica Matt Young, «no podemos desestimar la posibilidad de que haya otros universos paralelos al nuestro que, a su vez, deban ser incluidos en el cálculo [de la probabilidad del DI]» (p. 27).
A pesar de que este volumen afirma que el DI es una falacia, hay algunos puntos a favor del DI que son difíciles de negar. Taner Edis escribe: «parece increíble que el mero azar y la necesidad pudieran dar pie a la aparición de la inteligencia; el sentido común sugiere que la inteligencia debe ser un principio separado del mundo» (p. 141). Y Matt Young admite que la evolución de la complejidad en la tierra «es, sin duda, improbable» (p. 27). Victor Stenger escribe: «No discuto que la vida tal y como la conocemos no existiera si una sola de las varias constantes de la física fuera ligeramente distinta» (p. 180, énfasis en el original).
Su solución al problema de la nula probabilidad es que podría ser que existan muchos mundos en los cuales llevar a cabo el experimento de la evolución. Tal como indica Matt Young, «no podemos desestimar la posibilidad de que haya otros universos paralelos al nuestro que, a su vez, deban ser incluidos en el cálculo [de la probabilidad del DI]» (p. 27).
De modo similar, Victor Stenger argumenta que la fina precisión del universo podría deberse sencillamente a que la jugada salió redonda.
En lugar de un universo podría tratarse de un multiverso y si estamos aquí es tan solo porque este universo en particular es capaz de soportar la evolución de la vida basada en el carbono.
En este punto, los críticos del DI acaban por derrotarlo. ¿Pero a qué precio? Para desechar los problemas con los que se enfrenta el DI apelan a la fe en unas conjeturas de otros mundos desconocidas, indemostrables y no falsables. Si reunimos todos los universos probables, con todas sus galaxias, cualquier cosa es posible. Ya no necesitamos teorías que sean probables, solo deben ser físicamente posibles.
En manos de los críticos del DI la ciencia deviene en herramienta para argumentar lo que es imposible de conocer. Ya no usamos la ciencia para investigar qué es probable y qué no. No nos es preciso limitarnos a lo que observamos y lo que la ciencia indica en la actualidad.
El diseño podría ser la conclusión obvia, pero sus críticos lo sustituirían con especulaciones de imposible verificación o falsificación.
¿LA CIENCIA PUEDE REFUTAR EL DISEÑO?
Matt YOUNG, Taner EDIS (eds.). Why Intelligent Design Fails:
A Scientific Critique on New Creationism. News Brunswick
(Nueva Jersey): Rutgers University, 2004, 238 págs.
Comentado por Dr. Cornelius G. Hunter*
Autor de Darwin’s God: Evolution and the Problem of Evil. Grand
Rapids (Michigan): Brazos Press, 2001.
FUENTE.
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