jueves, 9 de abril de 2009

PALABRAS CLAVE DE LA FE CRISTIANA: LA FE

«Ciertamente, la fe es un precioso tesoro de inestimable valor. No es superficial. El justo vivirá por la fe una vida como la de Cristo, verdaderamente espiritual. Es a través de la fe que se suben los escalones, uno a la vez, en la escalera del progreso. La fe debe ser cultivada. Une a la naturaleza humana con la naturaleza divina». ( Elena G. de White, Our High Calling, p. 67.)

La fe es una palabra que tiene diferentes matices de significado. Hablamos, por ejemplo, de la fe cristiana, o más específicamente, de la fe católica, la fe bautista o la fe adventista, etc. Cuando se usa en ese sentido, la palabra fe se refiere a un conjunto de doctrinas o a una serie de creencias. Aquellos que se adhieren a la fe cristiana son miembros de una iglesia cristiana o se consideran como miembros, en mayor o menor grado, de la tradición cristiana. Esta expresión también puede usarse en su forma plural. Por ejemplo, existen diferentes tipos de fe; comunidades de fe o sistemas religiosos.Este capítulo no usará la palabra «fe» como un término que ayuda a clasificar personas de acuerdo a sus convicciones religiosas, sino en su significado más profundo, donde solo podemos emplearla en el singular. Pensaremos en la fe como un don que está dentro de nosotros, como confianza.
Desde ahora admito que no es fácil encontrar una definición de fe que sea satisfactoria y que pueda considerarse final y definitiva. La confianza puede tener diferentes gradaciones. Podemos confiar en las cosas o en el clima. Yo tengo fe en el puente que cruzo o en el motor de mi automóvil. Yo veo las noticias en la televisión y puedo decidir confiar en los pronósticos del tiempo (al menos hasta cierto grado). Puedo confiar en mí y en mis propias capacidades (que sea sabio o no hacerlo, es otro tema). Puedo poner mi confianza en mis amigos y en mis colegas, en mis hijos y en mi esposa.
No es difícil ver que la confianza en mi hijo o mi hija opera en un nivel diferente que la confianza en el horario y del tren. Cuando confío en una persona el aspecto de la relación entra en el cuadro.
La fe en Dios es confianza relacional en su nivel más elevado. No es creer, primariamente, en algunas verdades relacionadas con Dios, sino creer en Dios (quien es absolutamente digno de confianza) y entrar en una relación íntima con él. La palabra «fe» y su forma relativa «fiel» aparecen más de seiscientas veces en la Biblia. El autor de la Epístola a los Hebreos nos proporciona, sin embargo, el único ejemplo en el cual la Escritura intenta dar una definición de esta palabra. Fe, de acuerdo con esta descripción, es «la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve» (Heb. 11: 1).De modo que la fe, en su pleno significado bíblico, es una certeza interna sobre la cual uno puede basar una relación íntima. Es mucho más que tener confianza en un libro, aunque ese libro se llame la Biblia. Y es mucho más que tener confianza en una iglesia, aun si esa iglesia se llama Iglesia Adventista del Séptimo Día. La fe salvadora, el tipo de fe que en verdad cuenta, es confiar en el Dios viviente del universo y en su fiel cuidado por mí. La fe que identificará a los creyentes en la etapa final de la historia de este mundo como el pueblo remanente no es la fe en una larga lista de doctrinas, por muy importantes que sean, sino la fe en una Persona. Ellos expresan su lealtad y confianza en Dios a través de la observancia de sus mandamientos y la fe de Jesús (Apoc. 14: 12; 19: 10).

La fe como un don
Tener fe parece bastante natural, porque tenemos fe en todo tipo de cosas y, a menos que seamos extremadamente suspicaces y desconfiados ponemos nuestra fe en otras personas. Pocos de nosotros iríamos a ver al odontólogo si no confiáramos en su capacidad para encontrar lo que anda mal con nuestros dientes y después hacer algo al respecto. Y tampoco pondríamos una carta en el buzón si no tuviéramos un razonable grado de fe en el servicio postal, aunque mucha de esa fe es a veces puesta a prueba.Pero cuando se trata de la relación más importante que uno pueda imaginar, la fe en Dios, muchos dirán que ellos simplemente no tienen esa fe y además no tienen la menor idea de lo que podrían hacer para «obtener» esa fe. «Obtener» es en realidad la palabra adecuada. Porque la fe no es el resultado de un trabajo arduo, de lecturas hasta altas horas de la noche o de una profunda meditación. La fe es más bien un don gratuito, por el cual no obtenemos ningún crédito personal (Efe. 2: 8). Eso no significa tampoco que la lectura y la meditación (y la oración en particular) no tengan lugar en el proceso de recibir el don de la fe. La fe dice Pablo viene por escuchar el mensaje de las Buenas Nuevas (Rom. 10: 17). De modo que cuando nos colocamos en una posición en la que podemos escuchar la Palabra de Dios, cuando escuchamos a un amigo leer la Biblia, o cuando visitamos una iglesia o abrimos la mente para encontrar a Dios en la naturaleza, todo eso hará más que probable que el don venga en su estela.Algunos parecen resistir el don de la fe o quieren tenerlo solo en sus propios términos, es decir, sin intervención de nadie.La fe tiene una cierta cualidad infantil (Sal. 116: 6; Luc.10: 21). Los niños no regatean cuando un regalo gratuito está al alcance de sus manos. Simplemente se lanzan hacia adelante para asirlo con ambas manos. Mantenerse abierto hacia el don es esencial. Pero aferrarse a él es también crucial. Porque usted puede perder su fe, tal y como les ha ocurrido a una gran cantidad de personas de las generaciones de ayer y de hoy en el mundo occidental. El deseo infantil por el don parece haber sido sustituido en gran medida por una flagrante y descarada desconsideración por algo simple, y por un deseo superficial de cosas que están más a la moda. Pero podría haber también buenas nuevas. En particular, entre la generación joven postmoderna la apertura interna por la religión está volviendo, y la fe está una vez más en la lista de deseos.

Fe y evidencia
La definición que se encuentra en el capítulo once de la Epístola a los Hebreos se refiere a la prueba. Fíjese que el texto no declara que tenemos una gran cantidad de excelentes ejemplos de fe de donde podemos sacar apoyo para corroborar la nuestra. Más bien, afirma que la fe misma es la prueba. Indica que las cosas que todavía no se ven, las cosas que están en otro reino, las cosas que son espirituales, se disciernen espiritualmente (1 Cor. 2: 14).Sin embargo, la pregunta es: ¿Cuánta prueba tenemos para nuestra fe? ¿Tenemos un «firme fundamento» sobre el cual podemos edificar confiadamente? Sí, pero no importa cuan fuerte sea esta «fundamento», no es absoluto. Uno podría preguntar: ¿No es la Biblia una prueba inconmovible de nuestra fe en Dios? ¿No tenemos la palabra profética que es mucho más segura (2 Ped. 1:9)? ¿No confirma «la arqueología» al «libro»? ¿No son los resultados de la arqueología bíblica suficientes para convencer a la más escéptica de las personas? ¿Y no continúan los grandes argumentos clásicos de la existencia de Dios proporcionando un formidable fundamento lógico que sigue siendo tan válido como siempre? ¿O se han convertido todas las verdades en algo totalmente relativo en el clima postmoderno de la actualidad?
Todas estas líneas de razonamiento siguen teniendo valor. Pero, en última instancia, no ofrecen una prueba absoluta e inconmovible. Nuestros estudios proféticos nos proporcionan grandes percepciones, pero ellos también nos dejan frecuentemente con preguntas sin respuestas. No todos los hallazgos de la arqueología bíblica se adaptan nítidamente a la cronología que hemos establecido, y a veces tenemos que decidir suspender nuestro juicio y permitir que los misterios permanezcan. Además, las grandes pruebas de la existencia de Dios pueden convencer a la gente en el sentido en que la lógica exige que haya un Dios; pero no los conducen automáticamente al Dios personal de Abraham, de Isaac, y de Jacob; el Dios al que conocemos como el Padre de nuestro Señor Jesucristo.Enfrentemos el hecho: ¿Qué evidencia convincente puede haber del verdadero valor de una íntima relación humana? Del mismo modo, cuando tratamos de comprender las cosas que pertenecen al reino de lo divino, todas las comparaciones, en el mejor de los casos, se aplicarán parcialmente. Consideremos por un momento las relaciones entre una esposa y su esposo. Supongamos que estamos hablando de un matrimonio sólido y satisfactorio. Pero, ¿qué indiscutible prueba tienen estas dos personas de que su relación es real, y que es verdaderamente una relación de amor?
Escribo estas líneas en el cuarto de visitas de un colegio donde dicté algunas clases durante algunas semanas. Mi esposa se había quedado en casa. Nosotros nos comunicamos diariamente por correo electrónico y por teléfono. Si bien no albergo duda alguna de que mi esposa me ama y que no me engaña, ¿cómo puedo estar tan seguro de eso? Ella podría estar viendo a un amante en secreto en este mismo momento, sin ningún riesgo de que yo la descubra. Cuando vuelvo a casa y ella me dice que me ha echado de menos, bien podría estar fingiendo de manera muy convincente. O bien podría besarme, mientras sus pensamientos se imaginan a alguien a quien encuentra más atractivo y con quien le parece más agradable estar. Sin embargo, yo descarto todas estas posibilidades. Creo que tengo suficiente razones para pensar que ella continúa amándome. Tenemos una relación que no requiere ninguna verificación adicional. De hecho, si yo buscara otro tipo de evidencia absoluta, dañaría seriamente nuestra relación. Por ejemplo, yo podría emplear a un detective secreto para que vigilara a mi esposa mientras yo estoy ausente. El informe del detective puede ser totalmente convincente, pero no me gustaría compartirlo con ella. La misma existencia de ese documento de prueba dañaría gravemente las relaciones de confianza que existen entre nosotros.Entiendo que la comparación es imperfecta, pero tiene una importante utilidad. Mi relación con mi esposa no necesita la prueba provista por un ojo privado. Más bien, yo conozco la realidad de la relación por experiencia, y no necesito más pruebas para convencerme de que el amor entre los seres humanos es un sentimiento real y maravilloso. La fe en Dios no necesita una prueba absoluta tampoco. La relación de fe entre nosotros y Dios es una prueba del amor divino que siempre continuará buscándonos.

Fe y razón
Muchos libros tienen títulos que combinan las palabras «fe» y «razón», e incontables conferencias y seminarios exploran la relación entre estos dos conceptos. Son parte de la antiquísima, y todavía no concluida, discusión relacionada con hasta qué grado podemos armonizar el contenido de la fe cristiana tradicional con los hallazgos de la «ciencia» moderna. Algunos argüirán que esta es una empresa inútil. La fe, dicen ellos, no funciona en el mismo plano que la ciencia, y que ambos campos se relacionan con su propio tipo de verdad. Muchos cristianos, incluso, se han vuelto suspicaces ante todos los esfuerzos intelectuales, y ante los resultados de la ciencia moderna. Tienden a separar la fe de la ciencia, diciendo: ¡Si lo que usted cree entra en conflicto con lo que usted aprende de la ciencia, elija la fe y abandone la ciencia!Otros manifestarán vehementemente su desacuerdo. Sostendrán que la fe (teología podría ser en este contexto un mejor término) y los estudios de la ciencia son una y la misma realidad. Si bien pueden tener diferentes métodos y pueden trabajar con diferentes premisas, finalmente ambos tratan de descubrir más acerca de la misma verdad. Esta es una posición que sostienen la mayoría de los eruditos adventistas, aunque poco a poco muchos han llegado a percibir que nuestro conocimiento humano es tan fragmentario que debemos esperar que nos deje con muchas preguntas sin respuesta y, por lo tanto, no hemos de alarmarnos de inmediato si los hallazgos científicos del momento no parecen concordar perfectamente con nuestras posiciones teológicas. Pero cualesquiera que sean las dificultades que permanecen o cualquiera que sea el cambio de paradigma que se necesite, el estudio de nuestro mundo y de nuestro universo no está en lucha contra la fe. Los cielos (y las partículas subatómicas y todo lo que queda en medio) cuentan maravillosamente «la gloria de Dios» y «el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Sal. 19: 1).La cuestión de la relación entre la fe y la razón tiene un aspecto que puede ser más importante. ¿Cuan racional es nuestra fe? ¿En qué grado nuestras relaciones con Dios dependen de nuestra capacidad para comprender quién y qué es Dios? Es tener fe compatible con la razón, o es la fe irracional y un asunto principalmente de emoción, de sentimientos, de un sexto sentido, o de algo en esa esfera?Por definición, los cristianos deben ser personas pensantes. Las Escrituras dicen que deben amar a Dios con sus mentes (Mat. 22: 37). No todos los cristianos viven a la altura de esto. Se le atribuye al famoso filósofo Bertrand Russell decir que: «Muchos cristianos preferirían morir que pensar. De hecho, lo prefieren». ( Esta cita se atribuye a Bertrand Rusell, pero su origen es desconocido.)Esto ha sido especialmente cierto en los círculos evangélicos. Quizás el título de un libro que causó mucho revuelo resumió muy bien este asunto: El escándalo de la mentalidad evangélica, escrito por Mark Knoll ( Mark Knoll (Grand Rapids: Eerdmans Publishing Co, 1994). Muchos cristianos evangélicos han argüido que el mucho conocimiento es peligroso. ¿No dijo Pablo que el conocimiento «envanece» (1 Cor. 8: 1, 2), que tiende a la arrogancia y a la pérdida de la fe? Sin embargo, el apóstol no dijo que todo pensamiento es negativo y que no es aconsejable. No se opuso al buen pensar, sino al pensamiento inexacto. Pablo quería que seamos intencionales en nuestro pensar. «Finalmente, hermanos, piensen en todo lo que es verdadero, honorable y recto» (Fil. 4: 8, Biblia en lenguaje sencillo). Y cualquier cosa que hagan, háganlo para la gloria de Dios. Por tanto, usen sus mentes para su gloria.Con esto no queremos decir que el pensamiento humano es la respuesta para todo. Y aquí volvemos a la cuestión de «nuestro firme fundamento». Es un tema que no podemos tratar adecuadamente en un capítulo tan corto como este. Pero permítanme expresar lo que es mi convicción, y luego sugiero que usted tome algún tiempo para pensar al respecto. Los seres humanos son seres racionales. Cuando el famoso filósofo R. Descartes (1556-1650) lanzó su dicho: «Pienso, luego existo», la era de la Ilustración que elevó la razón humana hasta ocupar una posición suprema, había comenzado. Antes de Descartes, la razón ya tenía una posición importante. Anselmo, el gran teólogo medieval, había dicho: «Creo para poder comprender». Pero ahora la ecuación cambió y la filosofía cartesiana propuso, de hecho, que debemos organizar la frase de la siguiente forma: «Solo creo lo que puedo comprender».La religión cristiana en sus diversas formas llegó a ser una religión sumamente racionalista. Esto fue cierto del protestantismo en particular, y el adventismo está definidamente incluido. Los adventistas estudiaron (no leyeron) la Biblia para hacer la diferencia entre la verdad bíblica y el error de la tradición eclesiástica. Ellos construyeron un sistema doctrinal que era coherente y lógico. Como resultado, defendieron sus posiciones con fervor y se deleitaban porque en los debates religiosos sus argumentos, por lo general, se alzaban con la victoria. Estaban convencidos de que Dios les había dado un cerebro para estudiar y avanzar continuamente en una mejor comprensión de la verdad.Sin embargo, durante las últimas décadas hemos visto un importante cambio en el enfoque del pueblo a la religión. Muchos cristianos, y de nuevo incluidos los adventistas, han caído bajo la pesada influencia del así llamado pensamiento postmoderno. Una de las convicciones más importantes de los postmodernistas es que eí conocimiento no solo emerge de nuestra capacidad para razonar, sino también de nuestras otras fuentes no racionales. ¿Por cjué hemos de confiar más en nuestros cerebros que en nuestros sentidos? ¿Por qué leñemos que desconfiar de nuestras intuiciones y sentimientos? La gente postmoderna no soio no coloca todos sus huevos en la canasta de ia razón, sino que además en-fatiza el valor de la experiencia. Esta nueva manera de pensar ha tenido una enorme influencia en el enfoque de la verdad religiosa de la generación de la actualidad.En muchas formas es un desarrollo positivo. Muchos cristianos, incluidos de nuevo los cristianos adventistas, han colocado tradicional-mente tanto énfasis en el pensamiento y en la construcción de estructuras doctrinales, y han argüido sobre los aspectos no racionales de sus religiones, como el asombro y el milagro, que han permanecido sin desarrollarse. Eí desafío que afrontamos es el de mantener el equilibrio. Aunque nuestra fe es más que ratio (razón), no es irracional. Cuando le damos la bienvenida a un mayor papel a lo no racional, la razón no se aparta de la ventana. El mensaje cristiano es una historia coherente que es, al menos tan intelectual mente defendible como cualquier cosmovisión no teística. Pero la fe en Dios es infinitamente mucho más que adquirir, y después desarrollar, una serie de puntos de vista religiosos que puedan soportar el rigor del examen académico. La fe no está separada del contenido doctrinal, y tampoco debe ser expulsada del reino del pensamiento. La fe es en primer lugar una relación de confianza que produce una paz interior «que sobrepuja todo entendimiento» (FiL. 4: 7).
Fe y Comunidad
Uno de los temas teológicos más candentes de nuestro tiempo es la relación que existe entre la fe y la comunidad. Muchos teólogos influenciados por la postmodernidad creen que el contenido de nuestra fe (aquí en el sentido de las creencias doctrinales de uno) está en gran medida determinado por la comunidad a la cual pertenecemos. Cada comunidad tiene sus propias tradiciones y habla su propio lenguaje teológico. Por supuesto, podemos aprender del diálogo con otros. Hasta este punto no debemos tener conflictos con este enfoque. Pero es imposible concordar con la noción postmoderna que dice que el contenido de nuestra fe está determinado por la comunidad a la que pertenecemos, y que nosotros meramente participamos en un «juego de lenguaje» cuando hablamos de nuestros puntos de vista religiosos, en nuestra propia jerga, dentro del contexto de nuestra propia subcultura particular. La comunidad no crea una versión particular de la verdad. Más bien, es lo contrario, la fe crea un tipo particular de comunidad. Naturalmente, la comunidad de la cual formamos parte influye en la forma en que continuamos expresando la verdad. Pero al ser parte de la comunidad, nuestra fe pierde la mayor parte de su significado si la fe que suscribirnos no es más que la opinión subjetiva de un grupo de personas que está totalmente, o incluso mayo ri tari amenté, condicionada por las tradiciones y costumbres del grupo.La comunidad tiene una importante función en la nutrición de la fe, tanto en el sentido en que puede ayudar a sus miembros a madurar en su comprensión de las enseñanzas que han abrazado, como en el sentido de crecer en la intimidad de las relaciones de fe con Dios. Esto ocurre a través de la adoración, sus oraciones y su deseo de obtener una comprensión mayor y más profunda de la Biblia. La iglesia de Berea, donde Pablo descubrió una mentalidad extraordinariamente abierta y donde los miembros escudriñaban las Escrituras día tras día, es un brillante ejemplo de una comunidad en la cual la fe de los creyentes podía crecer (Hech. 17: 10-12).

La fe y las obras
Los cristianos han luchado a través de los siglos para obtener el equilibrio correcto entre fe y obras. Por un lado, muchos han hecho de las obras el fundamento de su experiencia espiritual y han confiado, básicamente, en sus propios esfuerzos y sacrificios para obtener suficientes puntos para finalmente ganar el cielo. Otros han ido tan lejos como para decir que las prácticas externas no tienen influencia en nuestra salvación. Recibimos la salvación solamente por la fe, mientras se refieren a la declaración de Pablo en su Epístola a los Romanos (Rom. 1: 17).
Poner la fe por encima y contra las obras crea un falso dilema. La fe no reemplaza las obras. La ley no es puesta a un lado porque tenemos fe. «Luego, ¿por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley» (Rom. 3: 31). Solo entonces se convertirá en una experiencia natural vivir guiados por las pautas que Dios nos ha proporcionado en las leyes que dio a la humanidad corno provisiones para incrementar la felicidad. La ley de Dios, si se la comprende correctamente, no encadena ni restringe nuestros movimientos. Todo lo contrario, la ley de Dios es la «ley de la libertad» (Sant. 1: 25).La salvación solo se obtiene por medio de la fe en Cristo. Es resultado de lo que Cristo hizo, y no de lo que nosotros hacemos. El esfuerzo humano siempre será totalmente insuficiente e inadecuado. Nuestra relación con el Señor descansa sobre la base de nuestra fe en él, no sobre una confianza fundamentada en nosotros mismos.

La fe y las dudas
La fe y la duda van juntas. Me vuelvo muy sospechoso cuando la gente me dice que sus relaciones con Dios siempre han sido constantes, y que ellos nunca han dudado. O no están diciendo toda la verdad, o nunca han pensado en serio. La mayoría de nosotros se parece al hombre que vino a Jesús con la solicitud de que sanara a su hijo que estaba poseído por un demonio. La declaración que le hizo a Jesús halla eco en el desesperado clamor de millones de personas: «Creo, ayuda mi incredulidad» (Mar. 9: 24). La historia de cómo el apóstol Tomás dudó de que Jesús en realidad había resucitado (Juan 20: 24-29) siempre ha sido un aliento para mí. Imaginemos la escena: Un discípulo que había estado durante más de tres años con Jesús todavía podía dudar sin ser repudiado por el Maestro.La fe viene en diferentes gradaciones. Jesús habló una y otra vez de aquellos que tenían muy poca fe (Mat. 6: 30, 8: 10). Por otra parte, la Biblia se refiere a aquellos que tenían una fe «grande» o «madura» {Mat. 15: 28; 1 Juan 2: 13). La Biblia también menciona la posibilidad de que la fe sea «fortalecida» (Hedí. 15: 32; 16: 5), y que los creyentes «crecen» en su fe (Fil. 1: 25). Algunas investigaciones muy interesantes indican que el crecimiento de la fe tiende a seguir un patrón particular y existen etapas claramente reconocibles en la maduración de la fe durante la vida de un individuo. Pero por fascinantes que sean esas investigaciones, no es importante para nuestro actual «caminar por fe» que podamos analizar la forma como e! don de la fe de Dios interactúa con nuestra mente y nuestra alma. Lo que cuenta es que nuestra confianza se profundiza mientras continuamos nuestra peregrinación con nuestro Señor y que nuestra relación de fe alcanza una intimidad cada vez más profunda con él.
FUENTE:
Palabras clave de la FE CRISTIANA
Reinder Bruinsma
Asociación Casa Editora Sudamericana
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Florida Oeste,
Buenos Aires,
Argentina
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