domingo, 8 de noviembre de 2009

DIALOGO UNIVERSITARIO: ¿Hay diseño en la naturaleza?

L. James Gibson
Tú sales a caminar y ves un palo apoyado contra un árbol. Observas el palo y luego el árbol. A partir de tu observación, ¿puedes llegar a la conclusión de que estás ante una evidencia de alguna actividad inteligente? Tal vez no. A menudo las ramas se quiebran y a veces caen apoyándose contra el árbol. Tal evento no requiere ninguna explicación especial. Por supuesto, una persona pudo haber colocado el palo contra el árbol con un propósito, pero no es necesario usar esa explicación si hay otra más “natural”.
Pero suponte que encuentras tres varas apoyadas entre sí de tal manera que si sacaras cualquiera de ellas las otras dos se caerían al suelo. Tal “trípode” no podría ser el resultado de una acumulación gradual de varas: las tres deben haber sido colocadas simultáneamente. ¿Es razonable suponer que esto ocurrió al azar? La probabilidad de que tal acontecimiento suceda por sí mismo es ridículamente baja. Una persona inteligente debe haber arreglado las varas con algún propósito que puede ser evidente o no.
La clave para comprender un diseño
¿Qué distingue el diseño inteligente del “trípode” del de la vara apoyada contra el árbol? Tal vez dos características: la complejidad y la interdependencia funcional. La complejidad del “trípode” está representada por sus tres partes. Su interdependencia funcional se advierte en el hecho de que no se puede quitar ninguna de ellas sin destruir el trípode. La mejor interpretación de una estructura que está compuesta de tres o más elementos que deben ponerse en relación simultánea es que es el resultado de un plan inteligente. Aunque siempre puede argumentarse que esa estructura pudo haberse originado por casualidad, tal interpretación exigiría forzar la credulidad de la mayoría de las personas.
¿Puede un argumento tal extenderse en forma razonable a la naturaleza? Si es así, ¿vemos en ella evidencias de un diseño inteligente?
El argumento del diseño
Durante muchos siglos la idea de que la naturaleza es el resultado de un diseño inteligente se aceptó sin vacilación o controversia. Las Escrituras afirman que se puede ver a Dios en la naturaleza. Como ejemplo, escucha al salmista: “¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra!... Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos... digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?” (Sal. 8:1, 3, 4). Pablo lo presenta con mucha fuerza en Romanos 1:19, 20, donde argumenta que la evidencia de Dios en la naturaleza es tan clara que ninguno tiene excusas para negar su existencia, poder y soberanía. Para muchos autores, las evidencias de un diseño en la naturaleza apuntan al Dios creador de la Biblia. William Paley es un ejemplo de esto.
Paley y el argumento de la invención. Paley sostenía1 que la naturaleza está repleta de rasgos que muestran evidencias de diseño. El las llamaba “invenciones”, y las comparaba con los dispositivos o máquinas de manufactura humana. El argumento de Paley puede exponerse así: La existencia en los organismos vivientes de rasgos que funcionan como los dispositivos mecánicos para alcanzar algún propósito, son evidencias de que fueron creados por un Diseñador.
La ilustración más famosa de Paley es la de un reloj. Suponte que nunca antes has visto un reloj, y que encuentras uno. ¿No sería obvio pensar que el reloj fue diseñado y construido con un propósito, aun cuando no supieras cuál es? De la misma manera muchas características de los organismos vivientes funcionan como máquinas. Si reconocemos las actividades de un diseñador cuando observamos dispositivos mecánicos, también podemos admitir que existe un diseñador cuando observamos rasgos similares en los organismos vivientes. De acuerdo con Paley, la naturaleza exhibe las propiedades de un diseño, lo que nos lleva a reconocer al Dios de la naturaleza.
Charles Darwin y el argumento contra el diseño. Carlos Darwin se opuso a Paley desde el principio. Darwin admitía que aun cuando le “encantaban” los argumentos de Paley, él no podía echarle la culpa a Dios por diseñar todo el mal que hay en la naturaleza.2 Darwin sugería que Dios estaba tan alejado de la naturaleza que no intervenía ni era responsable por el estado de ella. En efecto, Darwin sostenía que la naturaleza no fue diseñada y por lo tanto no podía señalar a un diseñador. El sugería que los procesos naturales por sí solos eran suficientes para explicar todas las características de adaptación de los organismos vivientes, mediante el proceso de la selección natural. Aparentemente, Darwin prefería tener a un Dios bueno a la distancia, que cerca de nosotros y malo. Probablemente, la mayoría de nosotros estaríamos de acuerdo. Pero, ¿era válido el argumento de la selección natural de Darwin?
Darwin mismo identificó un método por el cual se podría refutar su teoría. En el capítulo 6 de su libro Del origen de las especies,3 afirmó: “Si se pudiera demostrar la existencia de cualquier órgano complejo, que no pudiera haberse formado por numerosas modificaciones sucesivas y pequeñas, mi teoría se desmoronaría totalmente”.
Darwin afirmó que él no pudo encontrar ningún caso de ese tipo, aunque otros afirmaron lo contrario.
Argumentos en favor del diseño
Claramente, el argumento a partir del diseño no es válido si la naturaleza no fue diseñada. Darwin modificó el enfoque del debate al discutir si la naturaleza realmente fue diseñada. De este modo, nuestro interés se concentra en el argumento en favor del diseño.
El argumento de la “complejidad irreductible”. El profesor Michael Behe, de la Universidad Leigh, en Pennsylvania, Estados Unidos, es uno de los líderes actuales a favor del diseño.4 El basa su argumento en lo que llama “complejidad irreductible”. Como ilustración, usa una trampa común para ratones, compuesta por una plataforma, un gancho para el cebo, una palanca, una “guillotina”, un resorte y algunas grapas. Las partes de la trampa operan juntas para realizar una función: cazar ratones. Digamos que la trampa representa un órgano que ha evolucionado de una estructura antepasada más sencilla. ¿Qué aspecto tendría esa estructura ancestral y qué función tendría? ¿Cómo podría simplificarse una trampa para ratones y, sin embargo, retener su función? Imaginemos que quitamos cualquiera de los componentes de la trampa; la estructura resultante no tendría ninguna función. La trampa para cazar ratones es de una complejidad irreductible. Si se pudiera encontrar algún ejemplo semejante entre los organismos vivientes, la teoría de Darwin se “desmoronaría completamente”. De acuerdo con Behe, los cilios son un ejemplo tal.
Un cilio es una estructura parecida a un cabello que se mece en un medio fluido y provee un método para impulsar hacia adentro ciertos organismos unicelulares. Los cilios también están presentes en nuestro aparato respiratorio y sus movimientos ayudan a eliminar partículas de los pulmones. Se requieren por lo menos tres partes para un movimiento activo: una parte que se mueve, un enlace con una fuente de energía y un “ancla” para controlar la parte móvil. En el caso de un cilio, la parte movible está compuesta de moléculas de tubulina; la energía es suministrada mediante las actividades de las moléculas de dineína; y las partes del cilio están unidas entre sí por moléculas de nexina. Si faltara cualquiera de ellas, el cilio no tendría ninguna función. De ese modo, el cilio parece ser un complejo irreductible.
Como se puede esperar, los que están filosóficamente comprometidos con el evolucionismo rehúsan aceptar el argumento de la complejidad irreductible. Sin embargo, este rechazo tiene una base filosófica, no empírica, como lo demuestra la total ausencia de demostraciones en las afirmaciones evolucionistas.
El argumento de la improbabilidad. Algunas circunstancias parecen tan inesperadas que uno sospecha que debe haber intervenido algo más que el azar. La mayoría de los hombres de ciencia están dispuestos a atribuir al azar un resultado si se puede esperar que ocurra cinco veces en cien pruebas. Algunos hombres de ciencia disminuyen todavía esta probabilidd a una en mil, dependiendo de la naturaleza del evento. Pero hay límites a lo que uno podría aceptar razonablemente como resultado del azar. Si la probabilidad de un evento es excesivamente baja, es razonable suponer que no ocurrió como resultado del azar. Si el acontecimniento también parece tener un propósito, es razonable suponer que el evento fue guiado por una mente inteligente.
Darwin admitió que “se estremecía” cuando pensaba en el problema de la evolución del ojo humano. Trató de explicar la evolución del ojo señalando una variedad de ojos menos complejos en otros animales, y sugiriendo que ellos podrían representar etapas a través de las cuales pudo desarrollarse un ojo más complejo. Sin embargo, no es claro si logró convencerse a sí mismo. La evolución del ojo demandaría una complicada serie de eventos improbables, de modo que la mayoría de la gente consideraría muy poco probable que pudiera ocurrir sin un diseñador.5
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