sábado, 11 de diciembre de 2010

IASD - MEDITACIONES MATINALES: UNA NUEVA HUMANIDAD - 8 de Diciembre 2010 - ELOY WADE

Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo sino para salvarlo (Juan 3: 17).
POR CAUSA DEL PECADO, LA HUMANIDAD quedó dividida en dos: Los que querían servir a Dios y los que continuarían en su rebelión contra él. Los primeros fueron los descendientes de Set; los segundos, los descendientes de Caín.
Unos eran los hijos de Dios; los otros, los hijos de los hombres.Se formaron, entonces, dos familias: la familia de Dios y la familia de su enemigo. Puesto que Adán permitió que el pecado entrara en este mundo, se conoció a los que abrazaron el pecado como la familia de Adán, en contraste con la familia de Dios.
El mundo se degeneró tanto que en ocasiones pareció que la familia de Dios iba a desaparecer del planeta. Uno de estos momentos oscuros se dio antes del Diluvio, donde solo ocho personas fueron dignas de salvarse en el arca.Llegó un momento en el que parecía como si toda la humanidad estuviera rodeaba de tinieblas morales.
Las inteligencias del universo esperaban que Dios se levantara y rayera a toda la humanidad para siempre. En lugar de eso, él envió a su Hijo a rescatarla. El propósito era comenzar de nuevo. Darle la oportunidad a los seres humanos para alinearse al lado de Dios. Su Hijo nacería como el segundo Adán, con el fin de resarcir el daño hecho por el pecado del primer Adán. De este modo, Cristo nació en este mundo, y con él la esperanza de una nueva humanidad.Con la venida de Jesús se formó una nueva división en el género humano.
Las fuerzas del bien entraron una vez más en conflicto con las fuerzas del mal prevaleciente. El mensaje del evangelio, o sea las buenas nuevas, iban a ganar adeptos para formar una nueva familia. Esta sería la de Cristo, en contraste con la de Adán. De este modo, el conflicto entre el bien y el mal arreció y alcanzó alturas insospechadas.
Reflexionemos: «Cristo vino al mundo para entablar un combate contra el enemigo del hombre, y así libertar a la humanidad de las garras de Satanás» (A fin de conocerle, p. 239).
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